I grew up in a house where mental health was a constant topic of conversation. My mother, a therapist, and my father, a psychiatrist, emphasized its importance, and its inextricable link with physical health. Years later, I started Headway, a company meant to fix a broken system I encountered personally—help adults get access to care by making it easier for therapists to accept insurance.
Dejé Headway tras cinco años para convertirme en profesora y acabé en un colegio concertado para familias con bajos ingresos en Brooklyn. Entré en un aula llena de adolescentes que ya dominaban el nuevo vocabulario del daño: el ciberacoso, los límites fluidos y controvertidos del género y la identidad, la adicción a los móviles y las redes sociales, la dependencia de los cigarrillos electrónicos. La oficina de nuestra única orientadora escolar estaba llena. Siempre llena. No tenía formación clínica y, sin embargo, asumía la responsabilidad de la salud mental de cientos de chicos. Hacía lo mejor que podía, atendiendo a una pequeña parte de los alumnos que lo necesitaban, y derivaba al resto a centros de atención —a clínicas comunitarias, donde tenían que esperar en listas de espera de meses que parecían no hacer más que alargarse—.
Sabía que había terapeutas que habrían querido ayudar y que podrían haberlo hecho. Pero para ello era necesario aceptar a pacientes de Medicaid, que da cobertura a casi la mitad de los niños estadounidenses y a todos los alumnos de mi clase. Y Medicaid es un sistema complicado y lento, demasiado difícil de gestionar por su cuenta para los terapeutas con consulta privada, y les exige un tiempo del que no disponen. Así que los niños que más necesitaban atención fueron los que se quedaron esperando.
El contexto
Los niños viven en un entorno de cuidados único. A diferencia de los adultos, son observados y «cuidados» por un grupo de personas: padres, profesores, orientadores escolares y terapeutas.
No es ningún secreto que estas partes rara vez se coordinan. Cada una de ellas tiene una parte del rompecabezas —una madre sabe con qué problemas se enfrenta su hijo en casa, un orientador escolar comprende cuáles son sus factores desencadenantes en el colegio, y así sucesivamente—, pero rara vez colaboran, y por una sencilla razón: es demasiado difícil. No existe ningún producto, servicio o sistema diseñado para reconocer que la gestión de la salud mental de los jóvenes es, en esencia, una tarea en la que intervienen múltiples partes, y que la atención debe diseñarse, ante todo, para fomentar la colaboración.
Hasta que eso cambie, los niños, sobre todo los más vulnerables, seguirán sin recibir la atención que necesitan. Los terapeutas no disponen de los medios necesarios para aceptar Medicaid, ni de la infraestructura para colaborar con los colegios y los padres. Seguirán al margen de las redes de seguros y fuera del alcance de las familias que más los necesitan. Y las consecuencias de los problemas de salud mental no tratados se agravarán: disminución de la participación en clase, bajo rendimiento académico, absentismo, deterioro de la autoestima y niveles inaceptablemente altos de tendencias suicidas entre nuestra generación más joven.
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call to action“I stepped into a classroom full of teenagers already fluent in the new vocabulary of harm: cyberbullying, the fluid and contested edges of gender and identity, addiction to phones and social media, dependence on vapes. Our sole school counselor’s office was full. Always full.”
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